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DON PELAYO, LA OTRA CARA DE LA MONEDA

Buscando a Don Pelayo en Covadonga.- La primera reacción de la recepcionista del Gran Hotel Pelayo de Covadonga a la pregunta «¿Hay algún resto árabe por aquí?» es, primero, de franca incredulidad; luego de certero dictamen cuando, entre carcajadas, suelta: «Estamos en el único lugar de España donde los musulmanes no pudieron llegar». Covadonga, que pertenece al municipio de Cangas de Onís, Asturias, valle agarrado a una montaña y rodeado de cumbres abruptas y exuberantes bosques, vive de la leyenda de Don Pelayo, el primer matamoros de la Historia de España.

Para subir hasta Covadonga hay que tener buenas piernas o una sólida fe en la Santina, virgen y patrona del santuario donde, según la leyenda, reposan los restos de Pelayo, el caudillo de la Reconquista. En la entrada de una sobria gruta llamada Santa Cueva, no es difícil darse cuenta de que soy el único infiel que osa aventurarse en este venerable lugar. En medio de cruces y sotanas, los beatos turistas cuyas caras reflejan pasión y respeto por el protonacionalista de la Hispanidad se dirigen hacia una suerte de cavidad donde puede leerse una inscripción que reza: «Aquí se inició la restauración de España, vencidos los moros».

Pero, la gesta de Pelayo, ¿existió tal y como la cuentan los libros escolares? El tema no es tan simple. Aunque las fuentes históricas españolas, escasas y de problemática autenticidad, glorifican la proeza de un tal Pelayo que, con cuatro gatos, «aniquiló al enemigo ismaelita», estas cándidas creencias han sido desde hace lustros doctamente barridas por casi todos los historiadores.

Con la notable excepción de Claudio Sánchez Albornoz que sentenció que «bajo [el] amparo [de Pelayo] nació por tanto España», los estudiosos son categóricos: el despedazamiento en Covadonga de una simple patrulla árabe, hecho acaecido supuestamente en el 722 y obra del jefe astur, no fue ni una batalla ni el comienzo de la Reconquista, y ningún invasor musulmán se murió de miedo al oír el nombre de Pelayo. Los árabes nunca se interesaron seriamente por Asturias, una región montañosa y un poco fresca para sus cálidos gustos.

En todo caso es así como lo ve el catedrático de Literatura Árabe Serafín Fanjul, un universitario poco sospechoso de maurofilia (simpatía hacia lo moro). En uno de sus libros, este nuevo revisionista de la historia de Al-Andalus y azote del multiculturalismo no tiene reparo en reconocer que es «el reducido interés estratégico, climático y de riqueza que presentaba el rincón noroeste de la Península, unido a las dificultades orográficas y de comunicación, [quienes] indujeron a la retirada [musulmana] más que ningún Don Pelayo, Covadongas incluidas».

Dicho esto, lo incuestionable en esta historia de moros y cristianos es la irrupción repentina e imparable de los musulmanes en la antigua Hispania del siglo VIII. En el 711 del calendario gregoriano, una tropa enviada desde el Magreb por Musa Ibn Nusair y conducida por su lugarteniente Tarik Ibn Ziyad desembarca en la península.

Al pisar tierra ibérica, Tarik quema sus barcos y se dirige a sus hombres en una arenga que todavía sigue siendo coreada por los escolares árabes y musulmanes 14 siglos después: «Al bahru wara'akum ual ad'duo amamakum» («el mar está detrás de vosotros y el enemigo está frente a vosotros»). Es el «vencer o morir» que, como muchas veces, surte efecto. En una carga digna de la yihad que les llevó a atravesar el Estrecho, las tropas arabo-beréberes de Tarik destrozan el ejército visigodo de don Rodrigo en la batalla de Wadilaqqa -un lugar que hasta hoy los historiadores son incapaces de ubicar en un mapa-, y abren la vía para la conquista de la Península.

La expansión territorial islámica es un paseo militar. Por la ruta de las antiguas calzadas romanas, los invasores cosechan victorias. Las grandes ciudades caen sin apenas resistencia y el reino visigodo se derrumba. El botín es considerable. Las crónicas árabes describen la fascinación que causa el descubrimiento del país sobre esos ascetas guerreros.

En su Descripción de España, Ahmad Al-Razi se deja llevar por la exaltación cuando evoca el «clima muy sano por la calidad de su aire», las «altas montañas», los «anchos valles y grandes bosques», los «árboles frutales», la «abundancia de peces» y hasta los «buenos vinos». Al final, rendido, Al-Razi no tiene más remedio que reconocer que «Hispania se parece al paraíso de Dios». Un paraíso que no tarda mucho en caer en manos musulmanas para luego convertirse en Al-Andalus como expresión geográfica de un territorio que englobaba no solamente el sur, el centro y parte del norte de la Península, sino también la casi totalidad del actual Portugal.

¿La rapidez de la ocupación, la felonía del conde don Julián (el legendario gobernador de Ceuta que ayudó a los musulmanes a atravesar el Estrecho), y la profusión de traiciones por parte de la aristocracia del reino de Toledo, tienen algo que ver con la mitificación de un personaje histórico de poca monta? Es probable. Los sentimientos patrióticos se nutren siempre de símbolos e indomables. No sería de extrañar, pues, que la vaga gesta del Pelayo de Covadonga haya sido magnificada hasta hacer de un simple cabecilla un impulsor de la Reconquista, omitiendo de señalar su inicial colaboración con los invasores y la causa primera de su revuelta: la boda de su hermana con un gobernador mahometano de la zona.

Sin embargo, y es algo que va a tranquilizar a los guardianes del templo de la Hispanidad, los textos árabes no ignoran Covadonga. Por ejemplo, el cronista Al Maqqari, que tacha a Pelayo de «malvado cristiano», deja entrever al final de un párrafo que algo debió ocurrir en las infranqueables montañas de Asturias que el cronista sitúa en Galicia.

«No había quedado en Galicia alquería ni pueblo que no hubiese sido conquistado, a excepción de la sierra, en la cual se había refugiado este cristiano. Sus compañeros murieron de hambre, hasta quedar reducidos a 30 hombres y 10 mujeres aproximadamente, que no se alimentaban de otra cosa sino de miel de abejas, que tenían en colmenas, en las hendiduras de las rocas que habitaban. En aquellas asperezas permanecieron encastillados, y los musulmanes, considerando la dificultad del acceso, los despreciaron: 'Treinta hombres, ¿qué pueden importar?'. Después llegaron a robustecerse y a ganar terreno, como es cosa sabida».

Eso sí, se «robustecieron» y emprendieron una resistencia que con los siglos se convirtió en otro mito llamado Reconquista. Un término que, como la historia de Pelayo, fue utilizado hasta la saciedad con fines no muy históricos, ¡pero que muy católicos!, para dar fecha y argumento al nacimiento de la identidad española.

Antes de dejar Covadonga, intento informarme sobre la presente presencia árabe en Asturias. En todo el municipio de Cangas de Onís, Covadonga incluida, no hay ningún residente musulmán. Y en toda Asturias, el número de residentes magrebíes no llega a 700. Es muy poco. ¿Acaso es por miedo a oír algún día el grito de guerra del fantasma de Pelayo
 El presente artículo ·La Reconquista" de Alí Lmrabet  publicado por primera vez en el diario El Mundo en el mes de agosto del año 2005

 


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