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 P.N. Covadonga >La Reconquista Por Eduardo Rodríguez Leirado > el principio de la Reconquista.

LA RECONQUISTA, EL PRINCIPIO


Don Pelayo, escapado de sus perseguidores y convertido ya en un fugitivo muy buscado, se encaminó muy probablemente al valle de Cangas. Se celebraba por esos días, o estaba próximo a celebrarse, una asamblea a donde los hombres de la comarca acudían a tomar decisiones y, en el camino, Pelayo inició su campaña de discordia y enfrentamiento contra los valíes cordobeses. Les echó en cara su falta de decisión para defender sus vidas, sus tierras y sus familias y tal vez los incitaría a revelarse contra el invasor e iniciar la ofensiva para recuperar las tierras y las libertades perdidas.


Fue una situación insólita que aquellos hombres rudos, de montañas tan abruptas, donde la vida era tan severa, que habían históricamente enfrentado diversas invasiones precélticas, célticas, romanas, suevas y visigodas -algunas de mejor u otras de peor grado, incorporando con el tiempo pocas o muchas de las características de sus invasores- justamente un extranjero, un hombre perteneciente a las castas militares de un pueblo que oportunamente había invadido sus territorios, se convertía por azar en su líder indiscutido para iniciar una lucha absolutamente desigual contra el invasor africano.

Muchos factores conspiraron para que aquel grupo inicial de rebeldes, que empezaron por no pagar tributos y a atacar a los invasores con suma violencia, creciera en forma considerable. En primer lugar, la desorganización política y económica de los territorios conquistados por los súbditos del califa y, en segundo lugar, la voluntad de continuar con la invasión de las Galias y todo el resto del continente europeo cristiano, desatendiendo imprudentemente ese inicial foco de insurrección. Para resolver estos problemas, el califa ´Umar nombró valí de Al-Andalus a Al-Samah, hombre sumamente ilustrado y decente, de su entera confianza, quien realizó una tarea magnífica en la efectiva cobranza de los tributos y en el reparto de las tierras conquistadas entre los hombres de Muza y Tariq. Su actividad permitió el afianzamiento de la conquista y la organización política y económica, mientras se organizó a la par una fuerza considerable que avanzó sobre territorio franco. Al-Samah conquistó así Narbona e intentó tomar por asalto a Tolosa. Sin embargo, el duque de Aquitania, Eudón, terminó venciéndolo frente a esta ciudad el 9 de julio del 721, muriendo el valiente e inteligente valí en el mismo combate. Sin embargo, la historia demostró que sus dos años de tareas en España fueron determinantes en la consolidación de los reinos musulmanes hacia el futuro.
Un fuerte golpe en la moral de los conquistadores representó la pérdida de Al-Samah. Las tropas invasoras eligieron entonces como jefe a ´Abd-al-Rahman-al-Gafiqui, quién dirigió los destinos de la España sarracena hasta la llegada del nuevo emir ´Anbasa ibn Suhaym-al-Kilbi en agosto del 721. Inmediatamente se puso a trabajar en la reorganización de un nuevo ejército para volver a tomar la iniciativa en la conquista. Para ello necesitaba un enfrentamiento donde, con una victoria segura, levantara la caída moral de las tropas. No cabía duda respecto de donde se debía golpear al enemigo cristiano, dados los informes enviados desde León por Munuza: al grupo de rebeldes dirigidos por aquel renegado de Pelayo.

´Anbasa envió entónces una respetable fuerza hacia el territorio de Asturias al frente de un bereber llamado ´Alqama. Su ataque debió de ser certero pues todos los pueblos fueron cayendo en sus manos, la autoridad de Munuza era restaurada e, incluso, este último terminó instalando su residencia en Gijón. Pelayo y los suyos se retiraron de los valles de Cangas ya que su resistencia en aquellos espacios medianamente llanos era imposible ante tal invasor, decidiendo la retirada hacia las zonas mas montañosas donde, al resguardo de profundos acantilados y filosas gargantas, la suerte les fuera menos esquiva. En su búsqueda salió ´Alqama, quizás muy confiado en sus organizadas tropas, su superioridad y la experiencia de haber visto como, una tras otra cayeron las aldeas en sus manos, casi sin combatir.

Don Pelayo y sus astures terminaron refugiándose en un angosto valle, delimitado por abruptas colinas, cubierta de frondosa vegetación y lo suficientemente estrecho como para impedir rápidas maniobras de cualquier ejército que decidiese arriesgar suerte en el ataque. Al fondo de este pequeño valle, a medida que va convirtiéndose en un embudo, aparecía una colina o monte que la crónica de Alfonso III, el Magno, llamaría Auseva y que conocemos como Covadonga. Al pié, se escondía una cueva que hoy es objeto de culto a la Virgen María y que muy probablemente ya tenía aquella finalidad de culto mariano desde hacía tiempo. No era muy grande esa cueva, quizás algo mas de trescientos hombres podrían ocultarse en ella. Era imposible haber elegido un lugar mas privilegiado para la resistencia pues la facilidad para defenderla era equiparable a su comodidad para el abandono en caso de derrota, rumbo al tremendo macizo de los Picos de Europa, lugar al que musulmanes no hubiesen arriesgado jamás empresa militar alguna.

Hasta allí se adentraron ´Alqama y sus huestes. Los acompañaba un cristiano comprometido al bando invasor, tal vez un vitizano que muchos identifican en nuestro recordado don Oppas, quien intentó convencer al caudillo de lo inútil de la resistencia. Pelayo no lo escuchó e inmediatamente se trabó en combate. Las selectas tropas sarracenas avanzaron al fondo del pequeño valle de Covadonga, siendo atacado desde las laderas laterales por infinidad de furiosos montañeses astures. Se sabe que los musulmanes intentaron utilizar sus flechas y piedras contra los atacantes pero su lanzamiento hacia arriba, contra enemigos que venían en bajada, no era lo que podemos suponer muy eficiente. En lo mas reñido de la batalla, don Pelayo y un grupo de los suyos salieron de la cueva donde se escondían, con tal violencia que hicieron una masacre entre las huestes enemigas que no atinaron a maniobrar. La matanza fue impresionante, a tal punto que ´Alqama cayó en el combate y don Oppas, o el traidor que fuere, cayó prisionero de los astures. Gran parte de aquellos musulmanes intentaron escapar por el mismo camino en que venían, otros tomaron caminos de cornisa que los llevaron a otros recónditos y abruptas gargantas donde, uno a uno fueron eliminados por los rebeldes de Pelayo.

Sorpresa hubo de causar a Munuza en Gijón la noticia de la terrible derrota de sus subordinados y la muerte de ´Alqama. Rápidamente reunió sus hombres e inició la huida hacia el sur, a tierra leonesa, pero él mismo fue atacado por los cristianos rebeldes a lo largo de su huida. Finalmente, el valle de Olalíes, hoy valle de Proaza, fue testigo de una nueva masacre para aquellos aterrados árabes y berberiscos dirigidos por Munuza quien también cayó en combate. Pocos de aquellos prófugos llegaron a la meseta leonesa donde, en presencia de tropas amigas y la protección de un territorio menos abrupto y afín a su estrategia y habilidad, pudieron salvar las vidas

 


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