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 P.N. Covadonga >La Reconquista Por Eduardo Rodríguez Leirado > Ocho siglos por una traición.

LA RECONQUISTA, OCHO SIGLOS POR UNA TRAICION

Reinaba a la sazón en la España cristiana un noble visigodo llamado don Rodrigo, duque de la Bética, destacado hombre de armas que había sido ungido en su mando por el Senatus, organismo conformado por magnates de las familias visigodas más importantes, semejante al existente en Bizancio, y que debía poner en funciones a los nuevos soberanos. Había sido esta una decisión atrevida ya que los hijos del anterior rey Vitiza, muerto el año 710, habían considerado la posibilidad de la sucesión hereditaria del reino apoyados en un grupo de partidarios y fidelis afines, miembros del partido favorecido por Vitiza, contradiciendo así las tradicionales leyes de aceptación de la sucesión. De hecho, uno de sus hijos, Achilla, llegó a tomar el poder del antiguo territorio romano de Terraconense, realizando incluso la acuñación de su propia moneda en Narbona, Gerona y Tarragona.

Sin duda que a don Rodrigo le asistían los derechos de sucesión por mandato del Senatus, ya sea por ausencia de vitizanos en su conformación o por la decisión soberana de no acceder a dicho remplazo hereditario. Era una realidad también que, don Rodrigo, al recibir el control del reino se encontrara con la ocupación concreta del Estado por parte de las facciones de los hijos de Vitiza. Era imperioso el desalojo de ellos, aunque fuera por la fuerza, hecho que realizó rápidamente a pedido del propio Senatus y que varias fuentes cristianas y musulmanas lo atestiguan a lo largo de sus crónicas. La guerra civil, como en otras circunstancias de la historia peninsular, hizo enfrentar a las facciones en pugna siendo don Rodrigo quien logró salir triunfante. Los vitizanos habían sido vencidos en batalla pero estaban lejos de considerarse derrotados y buscaron cualquier circunstancia que permitiese su revancha.

Aparece allí la misteriosa figura de un tal Olbán, Urbán, Ulyán, Alyán o como la historia a elevado a rango de conde y reconocido con el nombre de don Julián, como sería recordado para la posteridad hispana. Se desconoce realmente el origen de este hombre a quien la historiografía consideró bizantino, bereber o tal vez godo, que dirigía los destinos de Ceuta en el norte africano y que, efectivamente, tenía lazos de fidelidad con el desaparecido rey Vitiza. Se ignora de donde provenía esta relación aunque probablemente los uniera el interés del anterior monarca para que este controlara, desde el borde africano, el increíble avance realizado por pueblos de origen árabe y que habían ocupado todo el norte del Magreb, no con pocos esfuerzos y reveses. Lo cierto es que, a la muerte de Vitiza, este conde don Julián entrega la ciudad de Ceuta a Tariq, quizás conservando su gobierno a modo de vasallaje, no tanto por voluntad propia, como lo recuerda la historia popular sino probablemente a modo de correo de las derrotadas facciones de antiguo rey fallecido. La situación era muy clara: don Julián contactó a los musulmanes atrayéndolos a participar en la disputa dinástica por el bando vitizano a cambio de dinero o riquezas, tal vez. Son muchas las fuentes que, de distintas y distantes crónicas, reconocen los acontecimientos de aquellos años, tanto musulmanes como cristianos.

Ante esta circunstancia, Tariq consulta con su jefe Muza y éste a su vez al califa. Se tomó así la decisión de enviar aquellas primeras tropas comandada por Tarif y que detallamos al principio. La ausencia de una clara defensa movió a Tariq a iniciar un año mas tarde su propia invasión al frente de siete mil hombres, prácticamente en su totalidad berberiscos y dirigida por árabes, todos de a pié, tomando rápidamente la zona de Algeciras y rechazando el ataque de Bancho o Sancho, sobrino del monarca visigodo, de quien obtuvieron en su derrota la caballería faltante.
No podía suceder esta invasión en peor momento. España no había superado una terrible guerra fratricida y don Rodrigo se encontraba a la sazón reprimiendo un nuevo levantamiento de los vascos paganos, en el norte de la península. Se desconoce como fue la reacción del monarca ante la llegada islamita, como se desarrolló la reunión de su ejército pero se supone que juntó a todos los clanes de las familias visigodas más importantes, incluidas las vitizanas, cuya traición demuestra haber desconocido y que atestiguan varias fuentes árabes y cristianas. Lo cierto fue que avanzó hacia el sur y el 19 de julio del 711 se encontró cerca de Wadilakka o Guadalete con el ejército sarraceno dirigido por Tarik. Durante dos días se tantearon los oponentes sin llegar mas allá de algunas escaramuzas pues ambos sabían que suerte correrían ante la derrota, especialmente Tarik, separado de sus bases por la presencia del Mediterráneo. Sin embargo contaba con la estructura de un ejército que rondaba ya desde los doce mil a diecisiete mil hombres, fanatizados en una creencia ciega en su Dios.

Finalmente el combate se trabó con suma violencia, resistiendo bastante bien las huestes rodriguistas los embates enemigos. Es allí cuando se pone en evidencia la traición y jefes vitizanos empiezan a sembrar la discordia entre las filas cristianas, llegando a escucharse declaraciones recogidas por autores árabes: "Ese hijo de puta (sic) ha privado del reino a los hijos de nuestro señor Vitiza y a nosotros del poder. Podemos vengarnos pasándonos al enemigo. Estas gentes de enfrente no aspiran sino a hacer gran botín". No cabe duda que estos conjurados estaban absolutamente equivocados en esas apreciaciones. Efectivamente, ambas alas del ejercito cristiano empezaron a desbandarse al momento de ver con asombro como algunos nobles, juntos a sus clientelas de siervos y soldados, se iban pasando a las huestes de Tariq.

El centro del ejército de Rodrigo resistió cuanto pudo pero finalmente fue diezmado y el mismo rey muerto en combate. Sin embargo su cuerpo no quedó abandonado en el campo expuesto a la venganza de los adversarios; sus mas fieles seguidores retiraron sus restos y lo depositaron en un lugar donde no fuera encontrado por sarracenos ni complotados. Siglos mas tarde, durante el reinado de Alfonso III, el Magno, aparecería su tumba en Viseo, en un monasterio del actual territorio portugués.

Así, de la mano de una infame traición, finaliza en España la monarquía visigoda y la vida de su último rey, don Rodrigo, muerto en la batalla de Guadalete. Empezaba una era trágica pero increíble en la historia de los pueblos de España.

 


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